10 mayo 2018

#PanamaRevista ¿Quién arma?


Bueno, y acá viene la segunda. En el posteo anterior adelanté que venía una tanda de dos notas sobre coaliciones estilo divulgación. Para evitar ir a buscar café. Y para que vuelva la política. La buena política.

Invitado por el amigo Pablo Touzon para Panamá Revista (original), publiqué el escenario, los argumentos teóricos y los principales hallazgos empíricos de la maldita #tesis. Acá están los datos, la carne, lo jugoso. Cocido, a otra parte.

Para que resistan la tentación del café, acá van las líneas. Disfruté mucho de retomarlo unos meses después. La tenía abandonada. Doña Rosa me retó y me desafió a esto. A ver qué les pasa.

¿Quién arma?
Facundo Cruz (@facucruz)

O cómo arman. O por qué arman. En el léxico cotidiano de la realpolitik se refiere a las listas, a las estructuras partidarias, a los dirigentes políticos. Se hacen las primeras. Se construyen las segundas. Se encuentran los terceros unos con otros. ¿Qué arman? Coaliciones. De eso se trata.

Hay cierto consenso para decir que una coalición es un acuerdo entre partidos políticos que tienen objetivos compartidos, tienen recursos para alcanzarlos y luego se reparten lo que obtienen. Estos acuerdos son comunes en la competencia electoral y cada vez han adquirido más relevancia en el estudio de la política latinoamericana. Sobre este proceso político quiero desarrollar algunas ideas que forman parte del trabajo de investigación que vengo realizando en los últimos 5 años. Acá sintetizaré lo central. El bodoque completo está en otro lado.

¿Por qué hay algo para decir sobre el tema?

En primer lugar, porque América Latina ha evolucionado en los últimos 30 años de sistemas partidarios estables y de baja fragmentación, hacia otros menos estables y muy fragmentados. Argentina, hoy, es un free shop de partidos políticos. La Cámara Nacional Electoral reconoció en su último informe un total de 39 partidos nacionales y de 660 partidos de distrito. Los primeros son los que pueden competir por el cargo de Presidente. Los segundos son los que pueden presentar listas para diputados y senadores nacionales en cada distrito. Sí, un montón. Y digo reconocer porque es la justicia la que dice quién o qué es un partido, y quién o qué no lo es.

Ahí el primer incentivo para juntarse: si hay tantos, no todos pueden ganar. En un trabajo de reciente publicación, Paula Clerici muestra no solo que han aumentado sostenidamente la cantidad de partidos desde el retorno a la democracia, sino que han adoptado la estrategia coalicional como dominante, especialmente para competir por cargos legislativos. Causa y consecuencia.

En segundo lugar, nuestra patria se ha fragmentado en varios sellos y listas, pero también lo ha hecho de manera diferenciada. Es lo que solemos llamar “desnacionalización”. Esto quiere decir que hay distintos partidos en distintas provincias y que los ciudadanos, además de todo, votan distinto. No siempre los partidos o las coaliciones reciben la misma cantidad de votos en todas las provincias. Y no son los mismos en todas partes. Esto quedó muy bien graficado y explicado en la agotada obra de Ernesto Calvo y Marcelo Escolar.

“¿Qué hacer?”, dijo Lenin. En un escenario así de caótico, las coaliciones electorales adquieren una dinámica multinivel. Esto quiere decir que quienes compiten por la Presidencia tienen que establecer acuerdos con varios (algunos, pocos o muchos) dirigentes provinciales para arrastrar voluntades hacia sus candidaturas. Son los que tienen los fierros, los que arman las estructuras, los que mueven gente. Éstos, a su vez, se benefician de los votos que puede ganar en la competencia nacional para meter a algún viejo socio en el Congreso, quedarse con una intendencia o una gobernación. Es una transacción, un acuerdo cooperativo donde todos buscan ganar. Y todos necesitan de todos.

Las coaliciones se vuelven, así, una house of cards. Algo como lo que se ve en la imagen. Cada nivel se va armando, construyendo los cimientos para el nivel superior y así hasta llegar a la punta. Si arriba va bien, derrama hacia abajo. Pero para que eso pase, tiene que haber arrastre (de arriba hacia abajo) y empuje (de abajo hacia arriba). Todos conectados por un objetivo.




¿Cómo lo hacen?

Hay dos formas de encarar esta campaña en el desierto, en la sierra, en el monte y en la llanura. Los acuerdos cooperativos que dan formas a las coaliciones pueden hacerse por penetración territorial o por difusión territorial. Esto está tomado de un politólogo italiano que se concentró en la formación de partidos políticos, pero que bien aplica en estos contextos.

El primer modelo de construcción se caracteriza por un centro político que controla todo el proceso. Aquí hay un grupo de dirigentes que representa a una sola provincia o unas pocas, que son quienes toman las decisiones centrales en torno a nombres, logos y candidaturas, y que fijan las reglas de la cooperación. Además de eso, la estructura política con la que hacen el acuerdo tiene un grado de concentración regional alta: no está muy extendido en el territorio. Salen desde un distrito hacia el resto del país. Lo cual, en cierta medida, los obliga a buscar aliados en la mayoría de las provincias del país.

El segundo modelo es el polo opuesto. En este caso, los dirigentes que toman las decisiones son más representativos de más provincias y la estructura con la que impulsan la construcción coalicional está más diseminada. No tienen que salir tanto porque ya están. Adicionalmente, no suele haber un grado de control tan alto de esta mesa directiva sobre el proceso: si bien establecen algunos criterios generales para la conformación de los acuerdos en las provincias en torno a aliados y candidaturas, hay un mayor reparto del peso decisor entre los líderes nacionales y los referentes provinciales.

Sería algo así.






Fuente: Elaboración propia, diseñado para la tesis de maestría (2015) y replicado en la doctoral (2018).

Más o menos, todo el juego coalicional se reduce a estos dos grandes modelos de construcción. Los responsables de encarar este proceso son los dirigentes políticos: ahí es donde tenemos que ir a buscar la data y estudiar el fenómeno.

Claro que no todos tienen el mismo resultado. En el fondo, son personas. Los que privilegian la penetración territorial tienden a conformar acuerdos menos sólidos en la mayor parte de las provincias. Les cuesta mantener a todos adentro porque algunos socios se van a otras coaliciones o, incluso, no llegan a encontrar aliados en determinadas provincias. Y sin fierros en el distrito, no se pueden presentar listas de diputados nacionales. En cambio, los que siguen la difusión territorial suelen conformar acuerdos más sólidos e inclusivos con todos sus socios dentro o, al menos, presentando listas colectoras. Pueden presentar listas en cada provincia. Y, en algunos casos, tienen más chances de ganar.

¿Cómo se hicieron las coaliciones en Argentina y qué resultados tuvieron?

Para adentrarme en esta maraña de acuerdos y desacuerdos, tuve que ir a buscar a los dirigentes. A quienes tomaron las decisiones. A los que estuvieron detrás de todo. A los que conocen. A quienes hicieron y deshicieron. Y con resultados productivos, pude conocer a referentes de todas las coaliciones electorales presidenciales que compitieron desde 1995 hasta 2015 inclusive. Les pregunté sobre cómo las hicieron, qué reglas definieron y quiénes fueron los involucrados. Luego me fijé cuál fue el resultado de esos acuerdos en cada una de las provincias para la competencia por diputados nacionales. Y más o menos la cosa viene así.

Las coaliciones peronistas oficialistas (Concertación Justicialista para el Cambio de 1999, y Frente para la Victoria modelos 2003, 2007 y 2015) tuvieron características similares. El candidato presidencial privilegió la carrera por Balcarce 50 y solo intervino en su distrito de procedencia: Eduardo Duhalde lo hizo en Provincia de Buenos Aires, Néstor Kirchner en Santa Cruz (2003) y Buenos Aires (2007), y Daniel Scioli también en territorio bonaerense (2015). El resto de las provincias quedó para que sean armadas por los referentes distritales del peronismo, sin injerencia relevante del líder nacional. Cooperación.

Cristina Fernández de Kirchner (2011) rompió con esa lógica. Concentró su decisión en una mesa directiva muy reducida, con poco balance geográfico y de extrema confianza, dejando muy poco margen a los líderes provinciales para el armado de las listas legislativas. Dirección. Todo quedó tapado con su alta intención de voto, con el 54% y con la dispersión opositora. Contexto.

Estos 5 casos, sin embargo, lograron mantener a todos con los pies adentro del plato. Prácticamente no hubo aliados perdidos o fuera del acuerdo. El peso de los oficialismos.

En cambio, las coaliciones radicales tuvieron mayor variación. La Alianza con el FREPASO (1999) y la Concertación Una Nación Avanzada con Roberto Lavagna (2007) tuvieron una mesa directiva representativa y balanceada en términos territoriales, además de una estructura política extendida. Ambos casos favorecieron la conformación de coaliciones electorales bien armadas y unidas. La Unión para el Desarrollo Social entre Ricardo Alfonsín y Francisco De Narváez (2011) fue la piedra en el zapato del radicalismo. Quienes tomaron las decisiones fueron unos pocos, concentrados en la Provincia de Buenos Aires y con serias dificultades para encontrar amigos en otras provincias. No se arma solo con el 37% del electorado.

La construcción de Cambiemos entre UCR, PRO y CC-ARI (2015) aprendió de 1999 y 2007. Como me dijo un radical, “no había que ser dogmáticos en lo instrumental”. El armado cambiemita fue impulsado por una mesa directiva conformada por dirigentes de varios distritos, aunque con una importancia destacada de la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires. A las limitaciones territoriales de PRO y CC-ARI colaboró la estructura de los 100 años radicales. Y, como frutilla del postre, el esquema decisor operó de manera cooperativa y funcional. Los partidos aportaron dirigentes para la conformación de mesas que se encargaron de cada uno de los ejes relevantes de campaña: las candidaturas, los programas de gobierno y el contenido del mensaje electoral. Cada una de ellas estuvo conectada por una red de dirigentes que funcionó como nexo entre cada equipo, con una coordinación general en el centro. Algo sui géneris.

En un tercer grupo se ubican las coaliciones que surgieron con fuerte impulso penetrando desde los distritos metropolitanos. Afirmación por una República Igualitaria (2003) y Confederación Coalición Cívica (2007) de Elisa Carrió, Movimiento Federal para Recrear el Crecimiento (2003) de Ricardo López Murphy y el Frente Amplio Progresista (2011) con los amigos de Hermes Binner. Los lilitos siempre tuvieron mesas directivas con dirigentes de unas pocas provincias. Carrió corta el bacalao. Es ella. Lograron presentar listas de diputados en casi todos los distritos, aunque mayormente solos y sin nuevos aliados. López Murphy fue el caso opuesto: tuvo apoyos de muchos dirigentes provinciales (mayormente conservadores), pero no logró extender su presencia territorial. Y casi entra en ballotage.

El FAP fue una evolución. Quienes construyeron el acuerdo pertenecieron a varias provincias y el esquema decisor fue balanceado en términos generales. Cada uno de ellos aportó la estructura construida en años de militancia progresista diferenciada del kirchnerismo. Y en gran parte del país pudieron presentar listas de diputados nacionales con diversos aliados. Pero también los tapó el 54%.

Otro agrupamiento de coaliciones son las peronistas disidentes, modelo clásico de penetración territorial. Me refiero a las formadas por Alberto y Adolfos Rodríguez Saá (2003 a 2015 ininterrumpidamente), el Frente Popular de Duhalde y Mario Das Neves (2011) y el massismo de UNA (2015). Casi todas ellas tuvieron una cantidad de recursos políticos limitados y concentrados en una parte del país: San Luis, Provincia de Buenos y Chubut (en menor medida). Los resultados, en consecuencia, fueron magros.

Solo Sergio Massa se sale del libreto. El proceso de construcción resulta muy interesante porque no solo se inscribe dentro del modelo clásico, sino porque tuvo sus etapas. Primero, con “el Grupo de los 8”. Posteriormente, con la ampliación de su mesa política y de crecimiento de sus apoyos territoriales. Y, al final, al convertirse en el actor del desempate en el tiempo de descuento que fueron las elecciones generales del 2015. Desde 2009 hasta llegar el 3° lugar del 21,39%, el mismo Massa se encargó de encontrar en cada distrito del país un referente propio. Con estructura, con fierros, con movilización. Aunque no parezca, él estuvo ahí.

El último lugar (pero no adrede) es para las coaliciones del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (2011 y 2015). Al PO, PTS e Izquierda Socialista nunca le faltaron dirigentes, solo les faltaron partidos. En el proceso de construcción que comenzó como reacción a la reforma política del 2010, los herederos argentinos de León Trotsky se concentraron en sobrevivir. El problema que siempre tuvo la izquierda fue la de mantener la personería jurídica en cada provincia, lo cual resultó ser un ejercicio diario de 24x7 para muchos de sus líderes provinciales. Motivo por el cual, al criterio federal de contar con un referente en cada distrito se le contrapuso la imposibilidad de poder presentar legalmente diputados nacionales donde no tuvieran un sello propio. Porque buscar otros aliados está fuera de la discusión.

Postfacio

Las coaliciones se arman. Son procesos políticos que pueden ser entendidos como un castillo de naipes (house of cards): quienes tienen el control de las cartas (los partidos políticos) van uniendo unas con otras hasta formar una pirámide (coalición) que tiene como objetivo lograr cargos públicos en juego (electoral) y para ello se forma en varios distritos (multinivel). Cómo apilan esas cartas, cuántas son y hasta dónde llegan es la clave.

Quiénes lo hacen es la otra. Apilarlas, conectarlas y armar pisos sólidos para los niveles superiores tiene sus dificultades. El grado de autonomía con la que cuentan quienes se sientan en la mesa es muy alto. Los intereses que a veces tienen son distintos. Y el diagnóstico que hacen no siempre coincide. Cuando las voluntades se juntan, los resultados brotan. Como me dijo un dirigente del PS, “el tema es que cada vez se hace más difícil encontrar a tu aliado”. En el fondo de todo, hay dirigentes.

Sigo creyendo que esa es la fórmula política indicada para escenarios de competencia electoral donde la desnacionalización es una tendencia marcada, recurrente y, a veces, sostenida. Yo creo que llegaron para quedarse. Y dudo que se vayan.

Sino, pregúntenle al FIT: “Nosotros somos más chicos. Pero vamos a cualquier lugar con el cartelito del Frente de Izquierda y se abren las puertas”.

#Diagonales.com Los actores que supimos conseguir

Los primeros meses de este año fueron de paciencia. Primero, porque Leviatán estuvo con esa cosita llamada #tesis que dejó algunas lagunas mentales necesarias de ser rellenadas. De hecho, ya peloteamos acá un poco de los sentimientos y sensaciones que produce esa amorosa tortura académica. Segundo, porque no pasaba nada. Al menos acá, en la Pampa Criolla no pasaba nada. Bueno, hasta ahora, en estas semanas de abril y mayo donde la economía le sacó el lugar de tapa a la política.

Para que vuela la política (que es buena) y con algo de demora, republico dos peloteos que tuve con Doña Rosa sobre esa palabrita que tanto gusta por acá: coaliciones. Primero sale con fritas una escrita para el portal Diagonales.com, por invitación de Sebastián Lacalle. El original está acá. La otra sale a continuación en posteoaparte.

Porque hacer ciencia política para divulgar está de moda.

Los actores que supimos conseguir

Facundo Cruz (@facucruz). Politólogo (UADE), Profesor (UBA-UTDT) y Doctor en Ciencia Política (UNSAM). Tiene un hijo que se llama El Leviatán A Sueldo que cuida cada tanto.

La política partidaria ha cambiado en las últimas dos décadas. En la ciencia política hemos llenado congresos, seminarios y encuentros científicos con dos ideas centrales. La primera es lo que nos gusta llamar desnacionalización: en cada provincia, para cada cargo público en juego y en cada elección los electores votan distinto y los actores no son los mismos. La segunda es que el proceso de descentralización administrativa, fiscal y política que comenzó a mediados de la década de los ’90 modificó las reglas que vinculan a los actores políticos. Las provincias se volvieron importantes. Al igual que los gobernadores, sus diputados y sus senadores. Territorio, territorio, territorio.

Ambos procesos se reforzaron mutuamente para que hoy los actores políticos hayan apelado a una estrategia de supervivencia propia: las coaliciones. Desde 1999 en adelante dejó de ser una norma ver la Lista 2 y Lista 3 en el cuarto oscuro. Ahora, hay un ejercicio constante por instalar nuevos nombres, nuevos números y nuevas siglas. La dinámica de competencia electoral actual es coalicional. Y de ejercicio del gobierno también.

Esta obsesión dirigencial por el control territorial les dio a las coaliciones un componente adicional: su construcción entre distintos niveles. Podemos pensar estos acuerdos como una House of Cards. No es la serie. Son las cartas (los partidos) que se conectan unos con otros (arman coaliciones) y se van apilando formando distintos niveles (municipal, provincial y nacional) hasta llegar a la cima (la presidencia). Esto no es novedad en la política argentina. Pero hoy podemos verlo.

Estos procesos de construcción han tenido grados de éxito y fracaso desde el retorno a la democracia. Los cuales, a su vez, se han vuelto más complejos para ser comprendidos. Mejor para nosotros.

El Alfonsinismo de los ’80 fue, tal vez, la última experiencia partidaria pura, lisa, neta y llana de la que tengamos memoria. Con lo cual queda fuera del análisis. El Menemismo, en cambio, fue el primero ensayo innovador en esta dirección. Desde Anillaco llegó la ampliación de la coalición peronista hacia la UCeDé, hacia los empresarios y hacia segundas líneas de partidos menores. La victoria electoral fue de los herederos de Perón, pero el ejercicio del gobierno fue su ampliación. El problema devino con la sucesión, con el traslado de La Rioja a Lomas de Zamora.

La Alianza fue no solo una palabra que llegó para quedarse sino la primera experiencia de coalición formal que supimos conseguir. El partido centenario de la UCR junto con la década del FREPASO despertaron tanto entusiasmo como euforia. La euforia se convirtió en suspicacia, en descontento y en desilusión. Falló en el desbalance de peso interno entre ambos partidos, en la imposibilidad de procesar las diferencias naturales entre ellos, pero sobre todo en el estilo del liderazgo presidencial. Separando la paja del trigo, quedan las personas.

La transición post-2001 nos dejó el Kirchnerismo con la presencia de un actor dominante con centro en un Peronismo renovado hacia la centro-izquierda, junto a nuevos actores partidarios de signo similar. Aunque no pareciera claro a simple vista, Néstor Kirchner, Cristina Fernández y otros imprimieron una dinámica coalicional a la construcción de poder. No se veía, pero ahí estaba. La novedad fueron los nuevos partidos aliados creados desde la propia estructura estatal (Kolina, MIDES y Nuevo Encuentro, por ejemplo). El problema (y el error) fue la historia repetida como tragedia: la sucesión. Pero esta vez, desde Calafate hasta La Ñata.

Con Cambiemos tenemos una experiencia sui-generis que poco se parece a la Alianza. Que aprendió de sus errores. Y que nosotros mismos la estamos descubriendo. Los socios han acordado una división que es doblemente territorial y funcional. En cuanto a la primera, la UCR se concentra en la periferia del interior, PRO y CC-ARI en la zona metropolitana. En la segunda, PRO concentra la decisión y la estrategia ejecutiva nacional, mientras que radicales y lilitos sostienen el escudo defensivo en el Congreso Nacional. Lo estamos viendo día a día. Cada cual atiende su juego. Cada cual comete sus errores. La solución, por ahora, es colectiva.

Este rastrillaje histórico deja una enseñanza. ¿Qué sacamos en limpio? Las coaliciones no siempre resultan sencillas de construir. Apilar las cartas, conectarlas y armar pisos sólidos para los niveles superiores tiene sus dificultades. Para que se mantengan, las reglas del juego son la clave. Pero la peculiaridad argentina es su informalidad: ninguno de los acuerdos coalicionales analizados han alcanzado un grado alto de formalización. Nadie tiene una birome.

El problema es que para jugar a las cartas hay que aprender. De sus reglas y de su funcionamiento. Si no, está el solitario. Que tiene lo propio.

Ahí viene la tentación. Saltar de un juego a otro es lo que las desarma.

31 enero 2018

Qué hacemos todos los días (y por qué)


Hace algunos meses estaba en pleno proceso de tesis. La maldita tesis. Era septiembre. Y luego de una entrevista a Alain Rouquié en Odisea Argentina, se me ocurrió escribir esto. En noviembre publicamos con las socias esta otra nota. Lo que tienen en común es algo bastante sencillo pero muy sincero para quienes nos dedicamos a hacer ciencia política: el por qué.

Dos semanas atrás terminé eso que estaba en pleno proceso en septiembre, cuando escribí la primera. Entregué el documento digital el 16 de enero, y los impresos ayer mismo. Se cerró una etapa. Algo grande. La tesis es como un hijo (que no tengo) o como una mascota (que sí tengo): le dedicas todo todos los días todo el día. La diferencia es que la tesis en un momento termina. Eso fue hace unas semanas.

Me dieron ganas y le pedí a Leviatán que reprodujera los agradecimientos de la tesis doctoral. Con el ok de Doña Rosa, claro. Sino, hay tabla. Acá no hay gráficos ni colores. Tampoco hay hipótesis atrevidas. Ni chistes sobre Massa. Acá lo que hay es la parte humana, interna y propia de un mamotreto. Uno de 287 páginas. Uno que busca respetar las reglas, procedimientos y procesos que la disciplina nos pide a quienes nos dedicamos a hacer ciencia política.

La tesis es un proceso que se te mete en la cabeza 24x7. Vas al súper y pensas en la metodología. Te tomas el subte y re-escribís en tu cabeza los casos. Vas a comer un asado el fin de semana y se te ocurre una nueva variable. Te estas bañando y te das cuenta de que te olvidaste ajustar el modelo para que la presentación del resultado sea más legible. Como dije, todo todos los días todo el día. Así, meses, años.

El proceso es humano. Aunque somos politólogos, también somos personas. Esa parte humana es la que tenemos para contar el por qué, contarnos a nosotros y contar con quienes lo hicimos. Es la que sigue.

Construyendo House of Cards. Partidos y coaliciones en Argentina, 1995-2015.

Como todas las tesis doctorales, tiene una larga historia detrás. Como todas las tesis, está entrecruzada por historias, anécdotas y relatos que tienen como protagonista central a quien escribe estas líneas, pero que conecta a un montón de personas más. Como toda tesis, hay un dejo egoísta en el fondo: estas páginas son producto de muchos que se acercaron, aportaron, debatieron, leyeron o simplemente escucharon. Pero la firma es una sola. En estas carillas, quiero compensar esta falla estructural.

Las coaliciones llegaron a mi mente hace más de 8 años. Pasa como suele pasar con quienes estudiamos ciencia política: un día vas por la calle, en el tren, en el subte, estás en clase, estás en un asado, vas a comer algo, te cruzas con un amigo, lees un libro. Y te aparece una idea. A mí me marcó mucho en mi carrera de grado el texto de Barbara Geddes, “Paradigms and Sand Castles: Theory Building and Research Design in Comparative Politics”, publicado en 1999. Ahí entendí que, si vas a agarrar un tema, tiene que ser algo que de verdad te apasione, te movilice, te caliente (esto último lo agrego yo de bruto). Bueno, eso fueron las coaliciones para mí. Porque cuando me crucé con el libro de María Matilde Ollier “Las coaliciones políticas en la Argentina. El caso de la Alianza” (2001) ahí me calenté. Quería saber por qué algunas experiencias coalicionales salían mal. Y otras bien. Así fue mi primer trabajo presentado en un congreso y el primero publicado.

Conocer más en profundidad la Argentina y su dinámica política me llevaron en una dirección que quería (en el fondo) pero que no sabía que estaba: las coaliciones electorales. Eso suele pasar con los temas: a veces los pensas un montón, pero después terminas haciendo otra cosa. Eso también es ciencia política. En ese cambio, me encontré con tres profesores que fueron claves en mi formación doctoral. De ellos aprendí que uno siempre puede superarse. Y acá arranca el primer agradecimiento.

Jamás me hubiera encaminado en una empresa de esta envergadura si no hubiera contado con el respaldo de Miguel De Luca, mi Director de proyecto, de beca, profesor, colega docente, padre académico y amigo. Fue clave desde los comienzos, antes de que estuviera escrita la primera carilla de una idea que empezaba a ser tesis y que terminó en dos: la de maestría y la doctoral, ambas dirigidas por él. Discutimos marco teórico, metodología, estrategias de investigación, casos, hallazgos. Todo de cero. Una cuenta corriente en bares de café. Le debo mis primeros pasos en el mundo de esta hermosa disciplina, con quien no sólo aprendí que implica investigar sino también el afecto y dedicación a algo que uno ama. Y, lo más importante, que no hay ciencia sin política.

También a Flavia Freidenberg, Co-Directora de la tesis de maestría que fue el antecedente de esta tesis doctoral. Con ella compartí la posibilidad de repensar América Latina desde otra mirada y el convencimiento de que cualquier investigación que uno quiera encarar es posible con ganas y algunas ideas locas. Un mes en Salamanca me confirmaron su calidad humana y docente. Marcelo Escolar solo sufrió durante esta tesis. No tuvo que aguantar las consultas en la previa. A él lo tuve de profesor en la Maestría en Análisis, Derecho y Gestión electoral en la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de General San Martín (EPYG – UNSAM). Pude ver con sus materias, textos, discusiones e intercambios que no todo lo que está escrito ocurre tal cual pensamos que ocurre. Que las teorías y los datos no siempre dicen todo. Y que muchos fenómenos pasan porque no pensamos bien nuestros conceptos y definiciones: que es bueno que sigamos creándolos, que no nos quedemos.

Quiero hacer un agradecimiento especial a Aníbal Pérez Liñán. Y esto por varias razones. Quienes han interactuado con él saben de su calidad humana, su genialidad académica y su dedicación concentrada cuando alguien solicita su ayuda, ya sea vía Skype, presencial o una simple cadena diaria de e-mails. Aníbal me dio una gran mano cuando tuve algunos encontronazos con la metodología de esta tesis doctoral. Nos peleábamos un poco, pero él intercedió. Incluso, fue quien me abrió los ojos y las ideas a trabajar con el método cualitativo comparado (Qualitative Comparative Analysis, QCA) en una estancia de investigación en la Universidad de Salamanca, allá por mediados del 2014. Por todo eso, gracias a él. Porque si hay algo con lo que los tesistas renegamos es con la metodología. Y él lo hizo más fácil.

Ahora, como dice Douglas North, si hubo personas, también hubo instituciones. Todo esto no hubiera sido posible si no me hubiera encontrado el Programa de Becarios Doctorales del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). En un momento de quiebre y cambio personal profundo, esta institución fue clave en el financiamiento, el apoyo y el sostén para que pudiera dedicarme a la docencia y a la investigación académica con una beca doctoral. Oportunidad que, además, me brindó el tiempo necesario. Todo por el motor de la pasión inicial. Un giro de 180%, en muchos sentidos.

También quiero agradecer a otra institución que fue la que me alojó para empezar, transcurrir y culminar mis estudios de posgrado: la UNSAM. Su programa de doctorado me entusiasmó desde el primer día. En este lugar donde pude debatir, compartir e intercambiar con profesores de primer nivel de la ciencia política nacional, regional e internacional. Sobre todo, pude aprender. Sin aprendizaje no hay tesis doctoral. Y en ese lugar, pude hacerlo.

Mis compañeros de la cursada del Doctorado en Ciencia Política tuvieron muchísimo que ver con estas páginas. Yo ya perdí la cuenta sobre cuántas clases del taller de tesis escucharon hablar sobre los modelos de construcción y esa palabra que repito cada vez que puedo: coaliciones. Con ellos transcurrí todas las materias de cursada y me enfrasqué en eso que todos tememos cuando empezamos esta etapa del posgrado: pensar un tema, armar una hipótesis, diseñar un proceso de investigación. Encima de todo eso, teníamos que comentarnos nuestros proyectos y avances de tesis. Pobres ellos. Parece un martirio, a veces lo es. Más aún los sábados donde cerraba el kiosco de la planta baja. Pero no nos hacíamos la rata. Por eso, gracias a Sil Mondino, Solange Novelle, Gaby Marzonetto, Juli Pérez Zorrilla, Itatí Moreno, Ale Lizbona Cohen, Andrea Delbono, Brenda Fernández, María Nevia Vera, Fran Olego, “Lucho” Karamaneff, Cristian Rodríguez Salas, Aníbal Germán Torres, Pablo Palumbo y “Gogo” Sarasqueta, Christian Asinelli y “Charly” Adrianzén.

Ahora, si de coaliciones se vive, en estos años pude participar de una que me potenció ideas, desafíos, innovaciones y nuevas ideas. Y me encantó. Fue el grupo de investigación en ciencia política “Coaliciones Políticas en América Latina: Análisis en Perspectiva Multinivel”, radicado en la Universidad de Buenos Aires. Por allí pasaron un gran número de estudiantes y jóvenes graduados que también se apasionaron por ese tema. Desde 2014 que venimos haciendo bulla en redes sociales y congresos. Varios de ellos, en los momentos en que no se aburrieron, prestaron atención a cuestiones relacionadas con esta tesis. Me ayudaron a ser mejor investigador. Por eso, gracias a Anabella Molina, Iván Seira, Natan Skigin y Juan Rodil, los fieles de acero en facultades, vinotecas, ciudades del interior y canchas de básquet.

Esta investigación nunca hubiera sido posible sin el aporte fundamental de los entrevistados que dedicaron tiempos, ideas, discusiones y relatos que me abrieron los ojos, me despertaron preguntas y me dieron el sustento empírico para avanzar con la investigación. Me contaron los hechos. Lo que pasó. Lo que no pasó. Lo que pocos saben. Lo que muchos se imaginan. Lo que nadie escribió. A ellos, anónimos colaboradores, les debo los hallazgos de este trabajo y la materia prima con la que lo nutrieron. Lo tendrán como aporte para discusión interna. Porque de ellos tengo más de 80 horas de diálogo sobre la política argentina y sus problemas. Mención especial quiero hacer a Sabrina Ajmechet, Horacio Barreiro, Cristián Benson, Maximiliano Campos Ríos, Javier Correa, el mismo Miguel De Luca, Esteban Lo Presti, Diego Martínez, Mariano Montes, Pablo Juliano, Lilia Puig de Stubrin, Juan Rodil, Noelia Ruiz, Gonzalo “Gogo” Sarasqueta, Fernando Manuel Suárez, Luis Tonelli, Saúl Ubaldini (h), Abelardo Vitale y Nahuel Welly. Todos ellos facilitaron contactos para las entrevistas, confiaron su reputación en este proyecto y en esta persona. Todos ellos, una multipartidaria completa.

Por último, no quiero dejar de agradecer a dos personas que estuvieron presentes en todo este proceso. En gran parte de los 5 años que llevó este trabajo de investigación encontré dos socias con las que no solo comparto la misma pasión geddesiana, sino que también son excelentes compañeras de vida. Con Paula “Paduis” Clerici y Lara “La Gringa” Goyburu he crecido académicamente más de lo que hubiera imaginado. Discusiones sobre teoría, hallazgos, casos concretos y nuevos métodos para estudiar las coaliciones. Encima de este lastre que acarrean, ambas se tomaron el tiempo de leer las versiones preliminares de esta tesis doctoral. También lo hicieron con la de maestría. Fiel a su estilo obsesivo-detallista, anotaron cada coma de más, cada idea descolgada y cada exageración propia. Hasta las veces donde la redacción parecía más blog que ciencia empírica aplicada. Cosas de todos los días que a uno le pasan. Por suerte alguien inventó el “Control de Cambios”. “Paduis” me desafió en los primeros borradores a hacer una buena metodología y a responder interrogantes sobre casos que poco han sido estudiados. Con “La Gringa” Lara empecé a entender a la Unión Cívica Radical, con mucho café, alguna bebida vitivinícola e infinitas charlas. Ella, igual, todavía tiene tarea por delante.

Mis amigos, “los pibes” y “los pibes de básquet”, también tuvieron mucho que ver en esta evolución académica. Para quienes ser becario te permite seguir la Champions League y levantarte tarde, esta investigación les da para leer algo de lo que se hace en CONICET. Apoyaron cada paso que di desde el primer día que les conté que dejaba mi trabajo y me iba a dedicar a investigar. Seguro genere debates en el próximo asado. Pero salvando la grieta.

Para el final queda la dedicatoria. Mi familia nunca pudo zafar en todo este proceso, por eso se lo merecen. Mis viejos, los socios mayores Carlos y Adriana, y mis dos hermanas, las socias menores María y Pilar. Con esta coalición por penetración territorial llegamos de Mendoza en los albores del menemismo y en la incipiente formación del FREPASO. Muchos dicen que hay cosas que de pibe te marcan mucho. Bueno, en ese gran cambio que tuvimos nosotros 5 mucho tiene que ver la selección de uno de los casos. El otro caso, tiene otra historia. Cuando les dije que luego de la primer tesis se venía una segunda, respiraron aliviados: ya no estaba viviendo con ellos. Pero siempre estuvieron presentes. Nunca cambiaron las reglas. Es algo que aprecio mucho.

Porque, en definitiva, me parece que todo es un proceso coalicional. Yo dije que era pesado con el tema. Pero piénsenlo así. En cada paso que uno da para pensar en el siguiente, siempre precisa de un socio. Los 5 años que disfruté de investigar gracias al CONICET aprendí eso. Yo tuve la fortuna de contar con todos ellos.

11 diciembre 2017

#Diagonales.com Desensillar hasta que aclare

Peronismo en la oposición (nacional). En democracia. Raro. Porque durante la democracia imposible de 1955-1983 sobró análisis. Pero en democracia, poco acostumbrados. Ese hecho, a veces, fortuito. Que deriva en la máxima periodística de su inevitable desaparición.
Exagerados, para variar. Lo bueno fue que en el sitio Diagonales.com preguntaron si queríamos dar desde acá un debate. A nuestro juego nos llamaron. Renovación dirigencial y renovación de contenido. Los dos pilares. La nota publicada original, como siempre, acá.

Desensillar hasta que aclare

Facundo Cruz (@facucruz), Politólogo (UADE), Profesor (UBA-UTDT) y Magíster (UNSAM). Tiene un hijo que se llama El Leviatán A Sueldo que cuida cada tanto.

El Peronismo se encuentra en una nueva fase de renovación. La segunda desde la vuelta a la democracia. La disputa es entre el interior y la Provincia de Buenos Aires. Pero también hay nuevos desafíos electorales: una nueva generación que no conoce sus tres banderas históricas. Por eso, la renovación de este período es doble: dirigencial y de contenido político.

Si hay algo que ha atravesado la historia del Peronismo como movimiento político es el debate sobre su organización. Debate que aflora no tanto cuando ocupa el gobierno nacional, sino más bien cuando eventualmente le toca el rol de oposición. Pasó en los cortos e interrumpidos períodos democráticos entre 1955 y 1983. Le pasó en su primera vez, la que transcurrió entre 1983 y 1989. Volvió a pasarle con la aparición de la Alianza, pero solo por dos años. Y ahora, en medio de la olla a presión que implicó perder frente a Cambiemos en 2015.

El debate actual se centra en la máxima de que falta un proyecto nacional. Es cierto. Al Peronismo se lo estudia y analiza más críticamente en la oposición. Hoy en día parece más un cúmulo de dirigentes con estructuras provinciales, descoordinados y sin objetivos comunes, antes que un movimiento político con dirección común, funciones y, sobre todo, recursos.

El problema que enfrenta para encontrar estos elementos es la falta de Estado. El Peronismo fue el movimiento político del Siglo XX que mejor entendió cómo usar los recursos de poder para construir, hacer, replicar y acordar política. A la Renovación Peronista le llevó 6 años volver a ese ruedo. Hoy vamos recién 2 años y el mandato presidencial ahora es de 4 años que se pueden duplicar. Paciencia.

El otro punto en común con la primera vez es la falta de la Provincia de Buenos Aires. Se la extraña mucho. Tal como indicamos con Lara Goyburu, esa brújula que permite ordenar y marcar el norte al resto del país peronista hoy desorienta. Porque está ausente. Recuperarla puede ser el paso a paso de una secuencia bien pensada, planificada y ordenada.

Pero esta brújula es hoy un submundo de nuevas complicaciones. Es en territorio bonaerense donde más se siente la pelea por la renovación. Si en 1983 el problema eran los sindicatos, hoy lo es el Kirchnerismo por dos razones. Primero, que Cristina Fernández de Kirchner hoy tiene los votos de la Provincia de Buenos Aires, y se los sacó al Partido Justicialista. Segundo, porque la socialización política que empujó el Peronismo en los últimos 15 años la hizo el Frente para la Victoria, no el PJ. Esta nueva generación política es millennial, vive en las redes sociales y (si hay suerte) estudió las tres banderas históricas, nunca las vio. En esa generación Peronismo es sinónimo de Kirchnerismo. Hay entonces que recuperarlo, o buscar otro. Porque la frase “No hay peronismo sin Perón” tiene poco sentido para las nuevas generaciones. Para ellas, no hay Peronismo sin Néstor ni Cristina.

El problema es que nadie parece querer colaborar con su grano de arena. Perder la provincia implicó crear uno, dos, tres, muchos Peronismos. Como el sueño guevarista, pero dividiendo en vez de replicando.

Gustavo Menéndez quiere traer a Sergio Massa de regreso por la puerta grande, pero los gobernadores no quieren a sus diputados. Un bloque de diputados nacionales que puede llegar a unos 30 y otro de unos 20, cuándo podría ser uno solo de casi 50. Parece a propósito, y sí lo es. Hasta en la Legislatura bonaerense los imitan. Cuando la pelea con el Kirchnerismo la ganan en el Senado nacional, no ayudan a hacerlo en la Cámara de Diputados. Solo se contentan con ser la llave de la gobernabilidad. La garantía histórica de vigencia de nuestro sistema político.

Esto no es nuevo. La pelea de fondo se viene sintiendo desde el año 2010. La muerte de Néstor Kirchner trastocó la lógica de construcción política. Hasta entonces, el FPV-PJ que ganó en el año 2003 había respetado la regla interna de la coalición peronista: el candidato a Presidente juega en la nacional, arma en su pago provincial y deja a los demás que arrastran hacerlo en los suyos. Pero 2011 cambió mucho todo: la mesa de unos 20 y pico pasó a ser de solo 3 que armaron todo. Se la junaron.

Desde entonces, el Peronismo del interior espera sus chances para enfrentarse al Kirchnerismo más duro. El primer round fueron las legislativas del año 2017. El segundo serán las generales del 2019. Si se sigue el sueño guevarista, entonces lo más seguro es cuidar el pago propio. Volver al palenque. Reconocer a la nueva generación política. Y empezar a hablarle.

Aceptar la tesis de que hay que desensillar hasta que aclare, implica preguntarse si se acepta jugar a perder en la arena nacional, mientras se gana o resiste en la provincial. Esto nunca pasó en el Peronismo. Enfrente tiene a la primer coalición en la historia argentina que le disputa el conocimiento del uso del Estado para hacer política. Se armaron y ganaron. Pueden repetir en dos años.

Bueno, siempre hay una primera vez.                                                              


14 noviembre 2017

#ElGatoYLaCaja Mamá, quiero estudiar ciencia política

Siempre hablamos de los fenómenos. De los partidos. De sus coaliciones. De las elecciones. De los gobiernos. De los políticos. De sus ensaladas. De las Doñas Rosas. Y de los Leviatanes.
Bueno, hoy no. Hoy volvemos marcha atrás. Para hablar de todo eso, hace falta ciencia. Hacen falta herramientas. Hace faltan ideas. Hace falta cabeza. Esa cabeza no es una, son tres. Siempre es bueno que sean varias.
Yo tuve la suerte de encontrarme con cabezas más grandes que la mía. Y no es un chiste de primaria. Es cierto. Son más grandes. Y eso es bueno. Porque uno piensa más. Sobre coaliciones. Sobre políticos. Sobre gobiernos. Sobre elecciones. Sobre partidos. Sobre fenómenos.
Estos años de trabajo nos guiamos por muchas ideas. Pero siempre con las mismas premisas. Las que aprendimos. Y buscamos aplicar. Acá las desarrollamos. Y lo mejor: habérselo contado a una comunidad abierta para esto, que vive y crece del intercambio. Y que nos dieran bola 😊.
Reproducimos la nota publicada en El Gato y La Caja, que pueden leer el original acá. Este es nuestor homenaje al día a día que adoramos.
Mamá, quiero estudiar ciencia política
“En nuestra época no es posible ‘mantenerse alejado de la política’.
Todos los problemas son problemas políticos
y la política es una masa de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenia.”
George Orwell, La política y el lenguaje Inglés (1946)
Pensar la ciencia como forma de ver, no como área. Como cómo, no como qué. Recortar un pedazo de Universo y comprimirlo, tratar de modelarlo, explicarlo, predecirlo; sin restricciones ni prejuicios.
Cuando leímos ‘Vos, yo, la ciencia, pensalo’ nos sentimos menos solos en este mundo. Nos sentimos queridos. Como si hablara de nosotros, de nuestro día a día. Encontramos en un físico a un colega inesperado. Uno que describe su trabajo desde la regularidades y las cotidianidades que compartimos por sobre las que nos separan. Regularidades que tienen que ver con plantear hipótesis, definir variables, elegir métodos que testeen esas hipótesis, lograr que de los datos emerja discurso y no al revés. Porque resulta que los politólogos también podemos hacer ciencia.
¿Cómo? Buscamos regularidades en los fenómenos políticos y hacemos inferencias sobre sus posibles causas a partir de evidencia empírica, de datos. Datos que pueden ser abordados en términos cuantificables o categorizables. Así, conceptos como ‘tipo de régimen político’ pueden operacionalizarse (volverse ‘observables’, medirse) en una escala que va del 0 al 1, donde 0 es ‘autoritarismo’ y 1 es ‘democracia’. De esta forma, es posible ubicar los países en posiciones relativas unos de otros, tal como realiza el proyecto internacional Varieties of Democracy (V-Dem). También puede abordarse como un fenómeno con categorías ordinales: dictadura-dictablanda-democradura-democracia, lo que nos permite decir que un Estado cuyo tipo de régimen es una democradura es más democrático que una dictablanda, pero menos que una democracia. Para construir estos indicadores, los investigadores tomamos distintas fuentes, datos que provienen tanto de estadísticas oficiales (por ejemplo, electores habilitados para votar en cada provincia, el padrón electoral) como de leyes (podría ser el Código Nacional Electoral de nuestro país, Ley N°19945), discursos o entrevistas (como las que dan los candidatos durante campañas electorales), encuestas (sondeos electorales), o focus groups (entrevistas grupales donde se recogen percepciones, por ejemplo, sobre los candidatos). Información que ordenamos por medio de clasificaciones, taxonomías e indicadores existentes o que vamos construyendo nosotros mismos para encarar fenómenos políticos y sociales.
También estudiamos los casos o unidades donde se expresan o donde interactúan con otros: partidos políticos, gobiernos, congresos, sindicatos, organismos multilaterales, ONGs, votantes, ciudadanos, trabajadores, ministros, activistas, legisladores, presidentes, empresarios, gobernadores, elecciones, clase media, élites, pobreza, guerras, golpes de Estado, revoluciones, democracia. La lista es enorme, y también lo que podemos ver en aquello que la compone. Así, por ejemplo, observamos la distribución –en la enorme mayoría de los casos– desigual del poder, la forma en la que se toman decisiones, la relación entre unos y otros, la influencia de unos sobre otros, los procesos, los resultados, los impactos. Ordenamos, observamos, describimos y ensayamos explicaciones.
Es importante aclarar que, a diferencia de las ciencias ‘duras’, a nosotros nos toca bailar con un objeto de estudio intrínsecamente subjetivo. Poco se puede debatir sobre cuánto pesa la manzana con la que ensayamos nuestros experimentos de caída libre; sin embargo, bastante puede debatirse respecto a cuán democrático es determinado gobierno. Por eso mismo, el desafío es encarar nuestros estudios con la mayor rigurosidad metodológica posible, y nunca olvidando que a nuestra subjetividad como observadores (que también sufren las ciencias ‘duras’) se suma la propia subjetividad de nuestras manzanas políticas.
Ciencia hay una sola 
…y método científico también (aunque a veces sea menos metódico de lo que discutimos abiertamente). Esta tarea suele hacerse a través de dos caminos posibles: muchas veces, cuanto más sabemos de un tema, más preguntas tenemos. Estas preguntas tienden a tener respuestas tentativas (hipótesis) que guían la investigación. Cuando esto ocurre establecemos un camino lógico de pasos para poder, con evidencia empírica, testear estas hipótesis y saber si lo que pensábamos del fenómeno se condice con lo que la realidad nos ‘devuelve’. Este es el camino que llamamos deductivo. Pero no es el único. El camino inductivo, por su parte, implica que a medida que observamos y analizamos la realidad, vamos encontrando relaciones entre fenómenos que se repiten una y otra vez hasta generar un patrón y permitirnos postular algún nivel de generalización.
¿Dónde está la diferencia entre la ciencia política y la que practica nuestro colega físico, entonces? Hay una que es evidente: lidiamos con un objeto de estudio compuesto por seres que tienen agencia propia y subjetividad (y que, además, pueden dar cuenta de sus actos y sentimientos). Difícilmente una molécula de hidrógeno pueda estar triste por estar atrapada en un tubo de ensayo; más difícil todavía es pensar que esa molécula es introspectiva y puede dar cuenta de sus propios actos. Como todo científico que estudie personas –sus comportamientos, sus interacciones con otros y lo que de esas interacciones emerge–, nosotros lidiamos con generalizar actitudes de seres que se explican a sí mismos y están en condiciones de discutir nuestros hallazgos, aun cuando nuestras regresiones tengan el R cuadrado altísimo (cosa que, incluso así, puede fallar).
Hay otras tres cosas que los que estudiamos ciencia política necesitamos tener muy a la vista: la necesidad permanente de conceptualización de los fenómenos, la variedad de formas posibles en que se los aborda teóricamente y la variedad de métodos de control de hipótesis con que contamos.
A esta altura de la humanidad, estamos de acuerdo en que el movimiento rectilíneo uniforme no despierta demasiada controversia respecto de lo que es. En cambio, en ciencia política no hay una única manera de definir todos los fenómenos que estudiamos. No entendemos todos exactamente lo mismo acerca de lo que una democracia es, de si estamos ante un país democrático o de si uno ya dejó de serlo. Tampoco podemos ponernos completamente de acuerdo sobre si ‘lo de Dilma’ en Brasil fue un juicio político ‘a secas’ o un nuevo tipo de golpe institucional.
Definir un concepto, un fenómeno, implica ponerle límites, decir explícitamente qué es y qué no es esto que estamos mirando, y nuestros conceptos evolucionan con la sociedad, están en constante transformación y nuevos datos los ponen a prueba todo el tiempo. Por eso necesitamos ser tan puntillosos en nuestras definiciones, en discutir nuestros conceptos, porque ellos son nuestra guía para ‘bajar’ al campo a observar, nos ‘dicen’ qué casos conviene incluir, qué datos recolectar y qué dejar afuera.
Gran parte de cómo se define un fenómeno tiene que ver con el marco teórico que elegimos para estudiarlo, con la manera en que otros lo han hecho antes y con avanzar a partir de los huecos o inconsistencias que encontramos (las que llamamos ‘lagunas’). Porque la ciencia es también acumulación de saber.
Al igual que en las ‘otras’ ciencias, la validación entre pares es fundamental: replicación de los estudios, evaluación de artículos, congresos y seminarios, proyectos colaborativos entre universidades y centros de estudio. Hola, ¿qué tal? Podemos ser interdisciplinarios.
Ni todas las preguntas que nos hacemos son abordables mediante una misma forma de testear hipótesis ni todos los estudios requieren igual forma de investigación: método cualitativo comparado, método estadístico, process tracing, estudios de caso, análisis de redes, experimentos naturales o cuasi-experimentos. Germán Lodola (2005), Candelaria Garay (2007) y Andrés Schipani (2008), por ejemplo, estudiaron la protesta social en Argentina entre mediados de los ‘90 y los primeros años de 2000. Garay buscaba, mediante un estudio de caso, dar cuenta de las razones de la emergencia de la protesta de los desempleados, quienes sortearon las barreras a la acción colectiva a partir de los planes sociales que brindaba el Estado −especialmente el Plan Trabajar, creado en 1996−, promoviendo que la gente se junte y se identifique. Lodola y Schipani, con abordajes diferentes, consideraron la protesta como variable explicativa de la aparición de los planes sociales. El estudio de Schipani es una investigación comparada, la cual parte de aplicar el método de las similitudes para seleccionar los casos: estudia Buenos Aires y Santiago de Chile, tomando los elementos que tienen en común para después estudiar las diferencias, las cuales −se intuye a priori−serán las causas de la diferencia de los outcomes en la movilización social. En cambio, Lodola hace un análisis estadístico del rol de la protesta popular y la política partidaria buscando conocer cuál es la probabilidad del efecto causal de estas variables sobre la distribución de recursos del Plan Trabajar hacia las provincias argentinas. Con este objetivo, el autor presenta evidencia descriptiva de la evolución del gasto social y las políticas de empleo en la década del ’90 en nuestro país.
Mediante experimentos naturales, cuya idea fundamental es que el proceso de generación de datos reproduzca las condiciones del diseño experimental a través de la asignación aleatoria de las unidades de análisis a grupos de tratamiento y control, Guillermo Rosas y Joy Langston (2011) para el caso mexicano, y Rocío Titiunik (2016) para el Senado en Estados Unidos, encontraron que el desempeño de los legisladores varía según cómo estén coordinados o desfasados sus mandatos en relación con los de los gobernadores de sus respectivos Estados.

Siguiendo con los estudios sobre congresos, Ernesto Calvo y Marcelo Leiras (2012) estudian, mediante un análisis de redes, el ‘co-sponsoreo’ de proyectos en ambas cámaras del poder legislativo nacional de nuestro país. Los autores encuentran que, en momentos en que el desempeño electoral de los partidos no es consistente entre los distritos, aumenta la cantidad de iniciativas de ley que los legisladores de una misma provincia firman juntos, siempre y cuando estos proyectos se circunscriban a un área geográfica particular. Otro de análisis de redes: Natalia Aruguete y Ernesto Calvo analizaron la red que se formó en Twitter alrededor del reclamo por la aparición con vida de Santiago Maldonado. Entre muchas cuestiones que abordan, miran a qué medios −Clarín, La Nación y Página/12− retuitean los usuarios a partir de dividirlos en dos grupos: cuentas identificadas con el oficialismo nacional y aquellas que no.

El gráfico se basa en 599.762 retuits de mensajes que contenían el hashtag #Maldonado entre el 2 y el 23 de agosto de este año. Las cuentas identificadas con el oficialismo nacional están representados con nodos (circulitos) amarillos, mientras que el resto están coloreadas en azul. Por su parte, las líneas que unen los nodos (aristas) pintadas de rosa son links a Clarín ‘embebidos’ en dichos retuits, las de color amarillo son links a La Nación y las aristas azules describen links a Página/12. 

Puede notarse que los usuarios de ambas comunidades (oficialismo y no oficialismo) incorporan enlaces a medios cercanos a sus ideas y postura ideológica. Clarín −y especialmente La Nación−dominan en el espacio oficialista, mientras que Página/12 lo hace en la comunidad opositora.
Todas estas son formas diferentes de hacer ciencia política, testear hipótesis y generar teorías; cada una con sus fortalezas y debilidades, con distinto grado de validez interna y externa, pero igualmente rigurosas a la hora de investigar.
Ciencia política (sin ‘s’) 
Pero ¿cómo que hay una sola? La reflexión y el estudio acerca del poder y de las instituciones que regulan su acceso y su ejercicio data de muchos siglos atrás: quién gobierna, cómo lo hace, qué características tienen las personas que gobiernan o que pelean por hacerlo, cómo es ese gobierno, qué hace o cuál es la mejor forma para que dicho gobierno sea ‘bueno’. Venimos arrastrando esas dudas desde Sócrates, Aristóteles y Platón, aunque recordemos que Sócrates no escribió ninguna obra y que en parte sus ideas las conocemos a partir de los testimonios de sus discípulos, especialmente Platón, pero también Jenofonte, Aristipo y Antístenes. Sin embargo, al principio esas cuestiones se abordaban desde la filosofía. No fue sino hasta el siglo XX que se desarrolló el carácter científico del estudio de los problemas políticos. Los primeros politólogos empezaron a visibilizar la importancia clave de la rigurosidad metodológica para encarar una investigación. La utilidad del trabajo de campo y de la observación sistemática de la evidencia empírica. Incluso, en algunos casos, la posibilidad de recurrir a la formalización matemática. Anthony Downs es uno de los autores que desde el racionalismo hizo un gran aporte a la ciencia política. A mediados de la década del 50’ del siglo pasado, Downs escribe Teoría Económica de la Democracia, en la que señala que a la hora de decidir por qué partido votar, cada ciudadano/a calcula las posibles rentas de utilidad (potenciales beneficios) que le proporcionaría cada partido.

-Miguel, ¿a quién vas a votar? -Pará, lo estoy pensando (me llevo dos, multiplico por la constante de Planck).

Por ejemplo, en un sistema bipartidista, cada ciudadano/a espera (E) una determinada renta de utilidad (U) de cada uno de los partidos del sistema en el período electoral que sigue (t+1) y las resta entre ellas. El/a ciudadano/a votará al partido que crea le va a proporcionar la renta más alta, sea el actual gobierno (A) o el partido de oposición (B).
Hay quienes piensan que las ciencias sociales no pueden aportar conocimiento válido; que son equiparables a un posicionamiento ideológico o a pretender mayor validez para nuestras opiniones, posturas y visiones del mundo social, aunque sólo veamos, como cualquiera, lo que queremos o podemos ver. Es cierto que la ideología, los valores y las opiniones de los que hacemos ciencia política se ponen en juego y afectan cómo miramos lo que miramos, desde dónde, con qué anteojos analizamos la porción de realidad que elegimos mirar y cómo definimos eso que queremos mirar, e incluso con qué métodos elegimos procesar los datos. Pero lo que hace ciencia a lo que hacemos es el rigor y la sistematicidad de nuestras prácticas (que siguen ‘reglas’ de metodología científica), la transparencia que tienen (o al menos deberían tener) nuestras premisas y los conceptos que hay detrás de ellas. Hacer ciencia implica cumplir con reglas determinadas. Y por eso, si te las saltás, podemos (la comunidad científica) reclamar que fue trampa. Que tus resultados no se respaldan en la evidencia, que omitiste la mitad de los datos, que tu método da por sentado algo que se puede medir (y por tanto, no hay por qué asumir a priori), etcétera. Por eso es tan importante que estemos dispuestos a exponernos de manera constante a la mirada y control de la comunidad científica para validar nuestro trabajo individual.
Si bien las reglas pueden cambiar, no es a gusto y piacere de cada uno, sino mediante discusiones epistemológicas y metodológicas en las cuales el motivo que valida esos cambios es que encontremos maneras más eficaces de ajustar nuestras explicaciones a la realidad, de darle más rigor y transparencia a nuestros procedimientos.
¿Todos nosotros hacemos ciencia? No. Aquellos que se desarrollan en el marco de la filosofía política y en algunos casos de la teoría política elaboran sus ensayos en otro plano. Si bien en muchos casos ‘miran’ la realidad, no la utilizan para contrastar hipótesis sino para reflexionar sobre ella. Sin lugar a dudas, su trabajo hace que la ciencia política cuente con mayor diversidad teórica y conceptual. Contribuyen. Mucho. Cubren las ‘lagunas’. Lo vienen haciendo desde los abuelos griegos, Nicolás Maquiavelo y compañía. Pero no hay ciencia donde no hay un método científico, donde no hay hipótesis para corroborar o refutar.
Empatizamos con cada bióloga a la que intentaron hacerle leer un análisis de sangre y cada químico al que le preguntaron cómo sacar una mancha de un pantalón cuando escuchamos ‘Che, vos que sos politóloga ¿quién va a ganar las elecciones?’. Nuestra respuesta en cumpleaños, casamientos y bar mitzvahs, entonces, va para el lado de explicar tendencias; pero siempre en condicional. Los científicos de la política no predecimos eventos particulares del futuro sino que estudiamos eventos del pasado para encontrar regularidades.
Una forma de entender la diferencia entre hacer ciencia política y filosofía política es analizar la reflexión sobre la libertad, una discusión que cruza la teoría política desde tiempos inmemoriales. Mientras que la filosofía política analiza la libertad como el ámbito donde un individuo puede desarrollar su potencial como ser humano, respetando esa famosa idea acerca de que ‘la libertad de uno termina donde empieza la del otro’, para la ciencia política el estudio sobre la libertad tiene un matiz operativo, relacionado con la posibilidad concreta de realizar acciones ‘observables’ dentro de un marco institucional determinado: con qué facultades cuenta, por ejemplo, un presidente para girar fondos discrecionales a las provincias, qué puede hacer un partido político en términos de alianzas al momento de una elección, cuánto margen tienen los gobernadores para aplicar una política pública decidida por el Estado nacional. La discusión no es sobre la naturaleza de la libertad sino sobre su alcance, sus características y sus posibles resultados en los hechos.
Otro escenario donde los politólogos metimos la cuchara fue el debate sobre ‘el giro a la izquierda de América Latina’. Cuando finalizaba la década de los ‘90 y comenzaba el Nuevo Milenio, varios países latinoamericanos fueron testigos de victorias electorales presidenciales de partidos y coaliciones ubicados en el espectro ideológico de la centro-izquierda. Ríos de tinta y bytes llenaron el debate sobre el repentino ‘giro a la izquierda’ de la región que venía a corregir los errores humanos del Consenso de Washington y de su pizza con champagne. Algunas primeras percepciones se sustentaron en un cambio de ideas: los latinoamericanos dejamos de ‘bancar’ la centro-derecha y reclamamos más igualdad, más oportunidades, más inclusión. El cambio en el electorado era producto de una revolución ideológica que nos acercaba a los sesentismos y setentismos de cada país. Sin embargo, esta percepción fue precisada y parcialmente corregida por estudios que sustentaron argumentos alternativos analizando bases de datos. Existe una línea de investigación en ciencia política que se concentra en estudiar el comportamiento electoral, afirmando que los votantes hacen un ejercicio de accountability electoral en el que evalúan las políticas para atrás: si los resultados son buenos, los siguen votando; si son malos, cambian de preferencia, en una especie de esperanza de votante bayesiano. Según María Victoria Murrillo, Virginia Oliveros y Milán Vainshav, en un estudio publicado en el año 2010 donde analizan 18 países entre 1978 y 2008, el ‘giro a la izquierda’ se dio por dos razones: la maduración democrática que permite la alternancia entre gobiernos de distinto color y la evaluación negativa de los resultados económicos de los gobiernos de centro-derecha de los ’90.

El gráfico muestra la proporción de votos de los presidentes de ‘izquierda’ y ‘centro-izquierda’ entre 1978 y 2018 para los 18 países que formaron parte del estudio. La línea roja representa la tendencia en la participación promedio del voto a candidatos de ese sector político en cada elección en el período estudiado. La línea azul señala un sostenido pero leve aumento del voto a las opciones presidenciales de izquierda en la región, de modo que si bien hubo un cambio a partir del año 2000 coincidiendo con el crecimiento de las commodities, la diferencia con los años previos no fue drástica.

Este gráfico fue el puntapié del estudio encarado por Murrillo, Oliveros y Vainshav (2010), al que hacemos mención. Una intriga surgida de esa tendencia. Una pregunta de investigación actual. Y una hipótesis bien formulada. Los datos encontrados le dieron sustento. Esta misma línea ha sido muy desarrollada con modelos formales similares aplicados al caso argentino por María Celeste Ratto (un ejemplo acá y otro acá) y María Laura Tagina (el tercero acá). O sea que el motor del voto no fue una cuestión tanto de valores e ideología sino de cómo cierra la planilla Excel de cuentas personales a fin de mes.
Esta disciplina, tal como la describimos, data de mediados del Siglo XX. Somos nuevos, pero no llegamos en cigüeñas teóricas, no salimos de repollos no-científicos. En Argentina, podemos pecar de más jóvenes aún. La primera carrera de ciencia política en el país data de mediados de los años ’70, pero es recién con la democracia que se volvió más visible; no sólo porque se pudo analizar, investigar y ‘decir’ libremente, sino también porque las universidades nacionales comenzaron a abrir la oferta académica para estudiar la política, el poder y sus relaciones. Para estudiar sus actores e instituciones. Para estudiar.
En la década del ’90, cuando las primeras generaciones de politólogos y politólogas regresaron de hacer sus posgrados en el exterior, se abrió la oferta de maestrías y doctorados en el país para que la formación de posgrado no necesariamente tuviera que hacerse afuera. Antes comentamos que la ciencia es acumulación del conocimiento; habría que agregar que también es sumatoria de oportunidades. Somos jóvenes, tenemos mucho trecho para andar, pero vamos por buen camino.
Que las ciencias políticas sean una forma de desnaturalizar y describir las dinámicas del poder las vuelve no sólo relevantes sino indispensables a la hora de describir nuestras organizaciones como son, sino también en pensar cómo queremos que sean. Las vuelve un desafío intrínseco en el desarrollo de métodos que describan cada vez mejor su área de competencia, y también un desafío hacia ese pedacito de Universo y los agentes que en él operan, esos que constituyen, precisamente, el poder. Será nuestra, entonces, la posibilidad, pero también la responsabilidad de observar, describir y compartir con todos aquello que muchas veces pasa a puerta cerrada, o que nos tiene tan inmersos que se nos hace invisible.

“A él (Sancho) le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él”, dijo Quijote.
Entonces, politólogos, seamos Sanchos.

Politóloga (UBA), Master (Warwick, UK), Doctora (UTDT) y Corredora. Investigo y doy clases. Estoy convencida de que salvo el amor, todo debería durar dos horas, me estiro a tres.

Politólogo (UADE) y Magíster (UNSAM). Profesor en varios lugares. Fan de eso que se llama elecciones, partidos y sus secuaces. Cuando puedo, intento jugar al basket. Y no amargarme con Racing.

Politóloga (UBA) y Magíster (UTDT). Profesora en varios lugares. Mamá y linqueña. Amante del rugby. El secreto es tener, siempre, más huevos que esperanza.